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Representantes de sí mismos

Por Dante Augusto Palma

06/09/2026

Por Lumpen Redacción

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Detengámonos en este punto para introducir algunos elementos conceptuales que anticipé al inicio. Me refiero a la idea de una nueva camada de representantes de sí mismos. La primera observación podría ser que no hay aquí ninguna novedad y que estamos ante uno de los tantos casos en el que el representante actúa de manera egoísta y persigue sus propios intereses. En figuras de la derecha, esto es un clásico. Sin ir más lejos, cuando se avanzaba con el proyecto de abrir el juego a la compra de tierras sin límites por parte de extranjeros, uno de los legisladores tenía una empresa que se encargaba de ese negocio. No más preguntas, señor juez.

 

Pero en la lógica del representante progre, estamos ante algo un poco más sofisticado: es alguien que pierde la capacidad de distinguir entre sus intereses particulares y los intereses de aquellos a quienes representa. La derecha gobierna para sí sin culpa porque en el fondo tiene una concepción jerárquica del mundo, de la política y de la Verdad. El progre también gobierna para sí, pero con culpa. Entonces tiene que hacer un giro más complejo y reinterpretar de la peor manera el “lo personal es político”. Así, un problema del legislador pasa a confundirse con un problema de todos, cuando era simplemente un problema personal del legislador. Y sí, hay que decirlo: a veces lo personal no es político. A veces es un problema tuyo. No es la culpa del sistema, ni del poder o de las estructuras de no sé qué. Es tuyo. No representa a nadie más que a vos. Deal with it.  


Asimismo, les comentaba que hay un cierto tufillo aristocrático en esto de “nosotros no nos equivocamos, si no entendés es porque estamos ante una jugada maestra que ya se revelará”. Hay una dirigencia esclarecida que en todo caso a veces muestra la carta y a veces las esconde, pero siempre juega bien. A la crítica se la despeja con un “ustedes son demasiado negros para entender”. Pero no solo eso: también “ustedes son demasiado negros” para exigirnos explicaciones. No se puede dudar de Wado, no se puede dudar de Di Tullio y lo que es peor: ni siquiera se les puede pedir explicaciones porque ello es tomado como una ofensa. Es un giro propio de estos tiempos identitarios. Dudar, discrepar o exigir una aclaración es visto como un ataque personal, y no como un ejercicio sano de democracia y de control de parte de los representados para con los representantes. ¿O será que los populares creen que la democracia se reduce a ir a votar cada dos años y aceptar todo lo que el representante diga como si el mandato fuera un cheque en blanco? Esta suerte de privatización del poder político, de contrato irrevocable e irrevisable, no parece encajar fácilmente en una tradición popular, por cierto.  


A propósito de lo popular, aquí no estamos simplemente ante el modelo populista de identificación del líder con el pueblo cuya consecuencia es que cualquier crítica hacia el liderazgo se transforma en una crítica contra la voluntad popular. A veces lo hacen, pero no se animan a tanto porque nos mearíamos de risa si alguno de los involucrados nos viniera a hablar en nombre del pueblo. Pero entonces hacen un giro: no es que sean indemnes a la crítica porque encarnan la voluntad del pueblo; es que si los criticas le haces el juego a la derecha y sos cómplice de los malos. Sí, sos vos y no los que gobernaron como el culo, el culpable de que gane la derecha. Así que debes manejarte como un dirigente político que defiende los intereses partidarios, pero sin recibir ninguno de los beneficios de un dirigente político. Así, un senador y cualquier boludo de a pie se encuentran al mismo nivel de responsabilidad contra “la nenecha mala”. Por lo tanto, es mejor que te calles. 


Por último, algo bastante perverso en esta idea de que “Después de todo lo que hicimos por vos, ahora no podés cuestionarnos”. No se trata de una afirmación insensata. Por el contrario, la trayectoria es algo que todos evaluamos y a veces es injusto reducir a un dirigente a una decisión. Pero esto no significa que debamos dejar de lado la crítica por los aciertos del pasado. Esto vale para todos: para los 4 de copas cuyo único mérito es lamer las botas de la conducción y para la propia CFK que ha tenido grandes aciertos y que paga una condena injusta por una causa insostenible pero que también parece, hace tiempo, haber devenido una representante de sí misma, casi siempre vinculada a su situación judicial (hasta llegó a decirse que su decisión de ponerlo a Alberto obedecía a la supuesta habilidad del presunto operador judicial, para disipar los riesgos de ser llevada a la cárcel. El resultado ya lo conocemos, por cierto). 


Retomando nuestro eje, en esta lógica, las conquistas del pasado son presentadas como una obligación de lealtad eterna. El vínculo representante-representado es sustituido por el vínculo acreedor-deudor y frente a esta casta de representantes, los votantes no somos ciudadanos ni militantes con espíritu crítico y derecho a exigir rendición de cuentas: solo somos deudores por lo que alguna vez nos dieron y porque los que están ahora, antes que dar, nos sacan.   


Frente a los impolutos comisarios de la moral para los que cualquier interpelación es un agravio personal, el traidor, el desagradecido, el que recibe pauta, opera en la interna o es un ignorante, nunca está en las propias filas. Siempre está afuera. Siempre es el otro.