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Si hoy hablara con Seineildín

A veces me pregunto qué pensaría Mohamed Alí Seineldín si pudiera sentarse hoy frente a mí.

22/08/2026

Por Silvina Batallanez

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A veces me pregunto qué pensaría Mohamed Alí Seineldín si pudiera sentarse hoy frente a mí. No sé qué me diría. Pero sí sé de qué hablaría con él. De Malvinas, naturalmente. De los hombres que combatieron, de los que volvieron y de los que quedaron allá. Hablaría de las Fuerzas Armadas, de la soberanía, de nuestros recursos estratégicos y de esa Argentina que alguna vez intentó desarrollar tecnología, industria y capacidades propias. Pero, sobre todo, le preguntaría qué pensaba realmente cuando decidió pronunciarse. Porque hay una parte de la historia de los carapintadas que, a mi juicio, todavía no ha sido suficientemente comprendida.

Durante décadas quedó instalada una interpretación bastante sencilla: un grupo de militares que se rebeló contra gobiernos constitucionales porque pretendía tomar el poder.

Pero los acontecimientos fueron bastante más complejos. Los pronunciamientos de Semana Santa de 1987, Monte Caseros y Villa Martelli en 1988 y el  encabezado por Seineldín en 1990 tuvieron características y protagonistas diferentes. Sin embargo, estuvieron relacionados con una crisis profunda dentro de las Fuerzas Armadas y con una discusión que atravesaba a una generación de militares marcada por la experiencia de Malvinas, el Operativo Independencia y la dictadura militar. Para entender aquella historia hay que mirar primero qué estaba ocurriendo dentro de las Fuerzas. La recuperación democrática había abierto una etapa de revisión judicial de los hechos ocurridos durante el PRN. Y allí apareció uno de los principales conflictos que impulsaron a los carapintadas: la cuestión de la responsabilidad dentro de la cadena de mando. Para muchos de aquellos militares, el problema no era que se investigaran los hechos. El tema era cómo se estaba distribuyendo la responsabilidad dentro de una estructura en la que las órdenes descendían desde los niveles superiores hacia los subordinados. Consideraban que se estaba avanzando judicialmente sobre cuadros de menor graduación mientras la responsabilidad de quienes habían ocupado los niveles superiores de conducción y tomado las decisiones fundamentales debía tener un peso determinante. Para un militar, esto no era una cuestión menor. Un Ejército es una institución jerárquica. Las decisiones se toman en determinados niveles y las órdenes descienden por una cadena de mando. Por eso, desde la perspectiva carapintada, no podía analizarse la responsabilidad de un militar que había ejecutado una misión sin considerar quién la había ordenado y desde dónde había sido conducida. Ese reclamo fue uno de los elementos que alimentaron la rebelión de Semana Santa de 1987.

Aldo Rico y los militares que se acantonaron en Campo de Mayo pusieron al gobierno de Raúl Alfonsín ante una crisis institucional de enorme magnitud. El conflicto terminó con una salida política y posteriormente se sancionaron las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.

Pero la cuestión de fondo no había desaparecido: la Defensa. Y es justamente allí donde me parece necesario detenerse. Porque reducir aquellos acontecimientos a la idea de un intento permanente de tomar el poder impide comprender qué era lo que esos militares estaban reclamando. Como dije antes, un pronunciamiento no es un golpe de Estado. Un golpe tiene como finalidad conquistar el poder político y sustituir al gobierno. Los carapintadas se levantaron, desafiaron a las autoridades y ejercieron una presión militar de gravedad, pero no establecieron un gobierno propio ni construyeron una alternativa política destinada a gobernar la Argentina. Su conflicto estaba fundamentalmente dentro del ámbito militar y tenía reivindicaciones concretas. Y éstas  estaban atravesadas por una cuestión todavía más profunda: qué Defensa quería tener la Argentina después de Malvinas.

Muchos de aquellos cuadros habían combatido en 1982. No hablaban de la guerra desde los libros; la habían vivido. Vivieron las limitaciones, conocieron la falta de recursos, de equipamiento, de tecnología y de capacidades logísticas. Regresaron de una guerra para encontrarse con un país que, poco después, comenzaría a modificar radicalmente la relación que tenía con sus Fuerzas Armadas. Por eso, para esa generación, la Defensa Nacional no era solo una cuestión presupuestaria, era una cuestión existencial.

Y Seineldín llevó esa preocupación hasta sus últimas consecuencias. Su pensamiento estaba asociado a una idea de Nación en la que la soberanía política debía estar acompañada por capacidades concretas para sostenerla. No alcanzaba con afirmar que las Malvinas eran argentinas: había que tener un país capaz de defender sus intereses. Eso implicaba Fuerzas Armadas preparadas, pero también industria, ciencia, tecnología, energía, infraestructura y capacidad de producción. Una Nación no puede improvisar su Defensa cuando aparece una amenaza. Y Malvinas había demostrado precisamente eso.

La guerra había puesto al descubierto las consecuencias de llegar a un conflicto sin disponer de todas las capacidades que un país necesita.

Sin embargo, después de 1982 la Argentina no siguió necesariamente el camino de fortalecer esas capacidades. Por el contrario, comenzó un largo proceso de reducción y desarticulación del instrumento militar, acompañado por el abandono o debilitamiento de distintos proyectos estratégicos. Es  aquí donde aparece, para mí, la cuestión que vuelve especialmente interesante mirar hoy los pronunciamientos carapintadas. Porque aquellos hombres fueron derrotados. Su rebelión fue reprimida. Muchos terminaron presos. Pero la cuestión que planteaban acerca del destino de las Fuerzas Armadas siguió abierta. ¿Qué sucede cuando un país pierde progresivamente su capacidad de defenderse? ¿Qué ocurre cuando una Nación deja de producir aquello que necesita para su propia defensa? ¿Qué pasa cuando la industria estratégica desaparece, cuando los proyectos tecnológicos se abandonan y cuando la Defensa deja de ocupar un lugar importante en la conversación y presupuesto nacional? Son preguntas que exceden ampliamente a los carapintadas y son cuestionamientos que hoy adquieren real dimensión.

Porque la Defensa Nacional no se limita a los cuarteles. Está relacionada con el territorio, el Atlántico Sur, la Antártida, la energía, el petróleo, el gas, el litio, el agua, las comunicaciones, la tecnología y la capacidad industrial. Un país que no puede proteger sus intereses estratégicos necesita depender de otros para hacerlo. Por eso me resulta difícil aceptar que aquellos militares puedan ser comprendidos solamente a través de una etiqueta: “Carapintadas”, “Golpistas”, “Antidemocráticos”. Una etiqueta cierra una discusión para no explicar la historia. Y lo que me interesa es precisamente abrir esa historia. No porque crea que todo lo que hicieron deba ser aceptado sin discusión, sino porque considero que sus pronunciamientos expresaron una preocupación que después quedó relegada: el destino de las Fuerzas Armadas y la existencia de una verdadera Defensa Nacional. Pero hay algo más que me llama especialmente la atención: aquellos militares fueron señalados como peligrosos porque se pronunciaban sobre el destino del país. Paradójicamente hoy muchos se preguntan por qué quienes integran las Fuerzas Armadas permanecen prácticamente ausentes de las grandes discusiones estratégicas de la Argentina. No estoy hablando de la posibilidad de que haya militares gobernando sino de uniformados pensando la Defensa. Porque la subordinación al poder civil es una cosa y la desaparición del pensamiento estratégico militar es otra. Un militar no tiene que gobernar pero tiene que saber qué está defendiendo. Y una Nación debería poder discutir su Defensa sin que inmediatamente aparezca el fantasma de un golpe de Estado. Por eso también me pregunto qué habría pensado Seineldín frente a la Argentina actual ya que muchos militares activos o retirados votaron a Javier Milei. Y es comprensible que hayan buscado un cambio después de décadas de deterioro económico, político e institucional. Pero resulta interesante preguntarse qué habría pensado un hombre como Milo ante la idea de que el Estado debía ser destruido desde adentro. Porque para él el Estado nacional no era simplemente una burocracia, era ante nada, el instrumento mediante el cual una Nación organiza su territorio, protege sus recursos, desarrolla capacidades y defiende sus intereses, porque todo país necesita determinadas estructuras para poder existir como Nación.

Y ahí volvería, finalmente, a aquella conversación imaginaria con Seineldín. Después de hablar de Malvinas, de los soldados, de las Fuerzas Armadas, de los recursos estratégicos y de aquella Argentina que alguna vez quiso desarrollar capacidades propias, creo que le haría una última pregunta: ¿Qué fue lo que realmente quiso defender cuando se pronunció? Quizás me respondería que no se trataba solamente del Ejército. Que detrás de aquella defensa estaba una idea mucho más grande: la de una Argentina que no aceptara resignarse a la dependencia, que conservara sus recursos, que desarrollara su industria, que formara a sus hombres y que tuviera la capacidad material de decidir sobre su propio destino. Entonces creo que tendría que contarle lo que está ocurriendo hoy. No estamos simplemente ante un gobierno que administra mal el Estado. Estamos ante un proyecto que desmantela capacidades nacionales, reduce estructuras estratégicas y pone recursos fundamentales de la Argentina en manos de intereses que no responden al interés nacional. Ahí la pregunta sería inevitable: ¿Para esto se pronunció aquella generación? Porque mientras aquellos hombres discutían por el destino de las FFAA, hoy asistimos a algo mucho más profundo: la discusión sobre qué queda de la propia idea de Nación. Porque no se trata solamente de la estrecha mirada acerca de cuánto dinero gasta el Estado, es sobre qué conserva la Argentina, qué produce, qué controla, qué investiga, qué protege y qué decide por sí misma.

Porque entregar recursos estratégicos, desarticular capacidades productivas o renunciar a instrumentos fundamentales de soberanía no es simplemente “reducir el Estado”. Es reducir el margen de decisión de la Nación.

Y entonces terminaría preguntándole: ¿Qué habría hecho usted frente a una Argentina que, en lugar de defender lo que todavía tiene, decide desprenderse de ello?

No sé cuál sería su respuesta, pero sí sé cuál es la mía: no creo que una Nación pueda defender su soberanía mientras entrega aquello que constituye su riqueza, su capacidad productiva y su futuro. Porque la soberanía no consiste únicamente en tener una bandera, un territorio, un gobierno o una declamación grandilocuente de "Las Malvinas son argentinas". Consiste en conservar la capacidad de decidir sobre lo propio impidiendo que nos convenzan de que entregar, desmantelar y depender es inevitable. Porque una Nación que renuncia voluntariamente a sus recursos y a sus capacidades solo seguirá existiendo en los mapas. 

Y quizás eso sea, precisamente, lo que más habría preocupado a Seineldín, que algún día Argentina dejara de ser capaz de defender aquello que todavía le pertenece, como nos está sucediendo ahora.


Silvina Batallanez